Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?
Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?
Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?
Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?
Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?
Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?
Gabriel Celaya
domingo 15 de noviembre de 2009
domingo 8 de noviembre de 2009
Yo soy. Monólogos del loco pluscuamperfercto y homicida
La última vez que me morí doctor, fue como una ola, a la orilla del Mar Muerto, durante la guerra que dio origen al nacimiento del estado de Israel, ya sabe, en el año cuarenta y ocho, al acabar la mundial. Allí, también tuve que matar desde luego. Tuve que elegir entre vivir o morir y disparé contra aquella figura borrosa que apuntaba su arma contra mí. La mía temblaba entre mis manos, la respira¬ción temblaba en mis jadeos, me temblaban la vista y el pensamiento, la convic¬ción y la hombría. La tierra entera y el cielo me temblaban, pero disparé. Apreté el gatillo y los dientes contra aquella figura borrosa que temblaba su arma contra mí, El Enemigo, y lo abatí. Yo tuve más suerte, seguí vivo y durante muchas noches, estuve viendo caer su cuerpo una y otra vez. Estuve viendo la sorpresa de sus ojos en su cara de enemigo, mirarme desde el umbral de la muerte, hasta que me hizo comprender que él y yo éramos lo mismo.
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lunes 27 de abril de 2009
Recuerdos...
"Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que comprendiese aquellas palabras"
Carlos Ruiz Zafón
viernes 20 de febrero de 2009
Alegría
Podía precindir de la justicia, de la razón, de un sentido de la existencia y del universo, había comprobado que el mundo se las areglaba de maravilla sin todas esas abstracciones,,, pero no podía prescindir de un poco de alegría y el anhelo de este poquito de alegría era de hecho una de aquellas llamas que ardían en mí, en las que aún creía y a partir de las cuales pensaba recrearme de nuevo en el mundo...
Herman Hesse (Rastro de un sueño)
Herman Hesse (Rastro de un sueño)
sábado 31 de enero de 2009
Balada del Mal Genio
Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.
Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.
Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.
Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta. Mario Benedetti
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.
Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.
Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.
Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta.
domingo 18 de enero de 2009
Una querencia tengo por tu acento
Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento. Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento. ¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo. Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.
Miguel Hernández
lunes 27 de octubre de 2008
De piedra...
De piedra, los que no lloran.
Yo nunca seré de piedra.
Lloraré cuando haga falta.
Canto, río, con tus aguas
De piedra, los que no gritan.
De piedra, los que no ríen.
De piedra, los que no cantan.
Yo nunca seré de piedra.
Gritaré cuando haga falta.
Reiré cuando haga falta.
Cantaré cuando haga falta.
Canto, río, con tus aguas
Espada, como tú, río.
Como tú también, espada.
También, como tú, yo, espada.
Espada, como tú, río,
blandiendo al son de tus aguas:
De piedra, los que no lloran.
De piedra, los que no gritan.
De piedra, los que no ríen.
De piedra, los que no cantan
Rafael Alberti
Yo nunca seré de piedra.
Lloraré cuando haga falta.
Canto, río, con tus aguas
De piedra, los que no gritan.
De piedra, los que no ríen.
De piedra, los que no cantan.
Yo nunca seré de piedra.
Gritaré cuando haga falta.
Reiré cuando haga falta.
Cantaré cuando haga falta.
Canto, río, con tus aguas
Espada, como tú, río.
Como tú también, espada.
También, como tú, yo, espada.
Espada, como tú, río,
blandiendo al son de tus aguas:
De piedra, los que no lloran.
De piedra, los que no gritan.
De piedra, los que no ríen.
De piedra, los que no cantan
Rafael Alberti
domingo 5 de octubre de 2008
Repesca
A partir de hoy, voy a iniciar un traslado, que no una copia, de las viejas nebulosas de ya.com, a esta nueva casa, respetando su fecha de publicación y si puedo también sus comentarios, para que no sea necesario ir hasta allí, .... que ya todos nos conocemos.
Intentaré agruparlas bajo la etiqueta viejas_nebulosas.
Como siempre..... mil gracias por vuestra presencia
Intentaré agruparlas bajo la etiqueta viejas_nebulosas.
Como siempre..... mil gracias por vuestra presencia
lunes 22 de septiembre de 2008
Lo que no vemos
"A veces, la gente que exteriormente tiene las cosas muy claras, no las tiene tanto en su interior.... pueden sentirse muy desgraciados y no demostrarlo nunca".
Alexander McCall Smith (El club filosófico de los domingos)
Alexander McCall Smith (El club filosófico de los domingos)
domingo 3 de agosto de 2008
Una mujer..
"Conocí una vez a una mujer que me contó su historia; estaba casada y tenía tres hijos ya crecidos, y, según ella, su familia la trataba con la misma atención y sentimiento con que trataban al calentador de la ducha o al frigorífico, unos útiles domésticos imprescindibles para la comodidad cotidiana, pero con los que no solían mantener conversaciones apreciables. Y como prueba de lo que decía explicaba que una vez se golpeó con la puerta de una alacena y se le quedó el ojo morado durante dos semanas; y que durante todo ese tiempo nadie, ni su marido ni los tres gamberros salidos de sus entrañas, mencionaron ni una sola vez el ojo machacado".
Rosa Montero (La Hija del Caníbal)
domingo 6 de julio de 2008
Convivencia
Sufra menos, sea eficiente....
Si abrió, cierre.
Si encendió, apague.
Si conectó, desconecte.
Si desordenó, ordene.
Si ensució, limpie.
Si rompió, repare.
Si no sabe reparar,
busque quien lo haga.
Si no sabe que decir, cállese.
Si debe usar algo que no le pertenece, pida permiso.
Si le prestaron, devuelva.
Si no sabe como funciona, no lo toque.
Si es gratis, no lo desperdicie.
Si no es asunto suyo, no se entrometa.
Si no sabe hacerlo mejor, no critique.
Si no puede ayudar, no moleste.
Si prometió, cumpla.
Si ofendió, discúlpese.
Si no sabe, no opine.
Si opinó, hágase cargo.
Si algo le sirve, trátelo con cariño.
Si no puede hacer lo que quiere,
trate de querer lo que hace.
Andrés Farenga
Si abrió, cierre.
Si encendió, apague.
Si conectó, desconecte.
Si desordenó, ordene.
Si ensució, limpie.
Si rompió, repare.
Si no sabe reparar,
busque quien lo haga.
Si no sabe que decir, cállese.
Si debe usar algo que no le pertenece, pida permiso.
Si le prestaron, devuelva.
Si no sabe como funciona, no lo toque.
Si es gratis, no lo desperdicie.
Si no es asunto suyo, no se entrometa.
Si no sabe hacerlo mejor, no critique.
Si no puede ayudar, no moleste.
Si prometió, cumpla.
Si ofendió, discúlpese.
Si no sabe, no opine.
Si opinó, hágase cargo.
Si algo le sirve, trátelo con cariño.
Si no puede hacer lo que quiere,
trate de querer lo que hace.
Andrés Farenga
martes 17 de junio de 2008
Muerte de la certeza
Una vida llena de certezas puede llegar a ser agobiante para los demás. Quienes no dudan de lo que creen o saben, ni tienen empacho en espetar, con una seguridad sin matices, lo que piensan en donde sea y ante quien sea, destruyen la frescura del debate, de la discusión y hasta de la diatriba. Quien jamás se ve atribulado por la duda no fluctúa nunca. Es siempre el mismo y es también, por ello, previsible, pues su constancia no es sino una incansable repetición de sus certezas, las cuales se le presentan en tan alto de grado de irrebatibilidad, que no puede resistir la tentación de convertir su certidumbre en evangelio para prodigarlo a las buenas y a las malas sobre la pobre humanidad ignorante.
La sabiduría popular asegura que sólo los idiotas no dudan. Y quizás esto pueda aplicarse no sólo a la masa inerme sino también a los hombres y mujeres notables, es decir, a quienes desparraman sus certezas a manos llenas desde púlpitos, tribunas, micrófonos, cámaras, escritos y demás medios adecuados para servir a una verdad sin apellido ni matiz. Son los idiotas notables: los que lejos de dudar, repiten lo que les dicen sus mentores, quienes, a su vez, son también meticulosos repetidores de libros, ideas, citas citables, fragmentos sin contexto y nociones sin coyuntura histórica ni jerarquías metodológicas.
Los hombres y mujeres que no dudan constituyen un peligro letal porque el estático peso agobiante de sus rotundas certezas los lanza sin remedio hacia la acción redentora de la humanidad, sometiendo a los infieles y premiando a los serviles, hasta provocar la conocida epifanía del desastre. Ya lo dice Cioran: "En cuanto se es rozado por una certeza, cesa uno de desconfiar de sí mismo y de los demás. La confianza es, en todos sus aspectos, fuente de acción, y por consiguiente de error".
Porque ese es el problema con los notables que no dudan: que son una inagotable fuente de error, pues al poner en práctica verdades sobre las que no se permiten dudar, lo que hacen es imponer dogmas, aunque a menudo vengan disfrazados de pensamiento científico. Ellos son los "líderes de acción positiva" que suelen llevar a las sociedades a la bancarrota. Los que dicen: "Hemos llegado al borde del abismo, es hora de dar un paso adelante". Y legiones como ellos los siguen.
Pero de las palabras de Cioran no debe inferirse que haya que vivir en la inseguridad, sino que hay que ser cautelosos con nociones que se nos presentan como verdades irrebatibles e indudables. Tito Monterroso decía que él era tan chiquito que no le cabía ni la menor duda. Bromeaba confundiendo su baja estatura con el enanismo intelectual de los que no dudan jamás, de los idiotas notables. Es por estas bromas que la exigua estatura de Monterroso se les agiganta a quienes hurgan demasiado en su risueña pequeñez.
La duda, cuando es metódica, posee un alto valor de avance cognoscitivo. Cuando es resultado de la inseguridad y la ignorancia, debe ser resuelta mediante el conocimiento. Pero cuando no existe porque es sustituida por el dogma por parte de quienes se proponen como intelectuales, académicos, maestros y guías espirituales, entonces es fuente perpetua de estupidez notable, de alta mediocridad sin límites, de gran mala literatura, de profunda superficialidad académica y de sólida sofística intelectual.
El mundo de hoy, regido por la lógica de ampliar sin tregua los márgenes de lucro, está infestado de seres repletos de certezas. A ellos recomiendo, con todo respeto, su pena de muerte disuasiva.
Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, febrero del 2008
La sabiduría popular asegura que sólo los idiotas no dudan. Y quizás esto pueda aplicarse no sólo a la masa inerme sino también a los hombres y mujeres notables, es decir, a quienes desparraman sus certezas a manos llenas desde púlpitos, tribunas, micrófonos, cámaras, escritos y demás medios adecuados para servir a una verdad sin apellido ni matiz. Son los idiotas notables: los que lejos de dudar, repiten lo que les dicen sus mentores, quienes, a su vez, son también meticulosos repetidores de libros, ideas, citas citables, fragmentos sin contexto y nociones sin coyuntura histórica ni jerarquías metodológicas.
Los hombres y mujeres que no dudan constituyen un peligro letal porque el estático peso agobiante de sus rotundas certezas los lanza sin remedio hacia la acción redentora de la humanidad, sometiendo a los infieles y premiando a los serviles, hasta provocar la conocida epifanía del desastre. Ya lo dice Cioran: "En cuanto se es rozado por una certeza, cesa uno de desconfiar de sí mismo y de los demás. La confianza es, en todos sus aspectos, fuente de acción, y por consiguiente de error".
Porque ese es el problema con los notables que no dudan: que son una inagotable fuente de error, pues al poner en práctica verdades sobre las que no se permiten dudar, lo que hacen es imponer dogmas, aunque a menudo vengan disfrazados de pensamiento científico. Ellos son los "líderes de acción positiva" que suelen llevar a las sociedades a la bancarrota. Los que dicen: "Hemos llegado al borde del abismo, es hora de dar un paso adelante". Y legiones como ellos los siguen.
Pero de las palabras de Cioran no debe inferirse que haya que vivir en la inseguridad, sino que hay que ser cautelosos con nociones que se nos presentan como verdades irrebatibles e indudables. Tito Monterroso decía que él era tan chiquito que no le cabía ni la menor duda. Bromeaba confundiendo su baja estatura con el enanismo intelectual de los que no dudan jamás, de los idiotas notables. Es por estas bromas que la exigua estatura de Monterroso se les agiganta a quienes hurgan demasiado en su risueña pequeñez.
La duda, cuando es metódica, posee un alto valor de avance cognoscitivo. Cuando es resultado de la inseguridad y la ignorancia, debe ser resuelta mediante el conocimiento. Pero cuando no existe porque es sustituida por el dogma por parte de quienes se proponen como intelectuales, académicos, maestros y guías espirituales, entonces es fuente perpetua de estupidez notable, de alta mediocridad sin límites, de gran mala literatura, de profunda superficialidad académica y de sólida sofística intelectual.
El mundo de hoy, regido por la lógica de ampliar sin tregua los márgenes de lucro, está infestado de seres repletos de certezas. A ellos recomiendo, con todo respeto, su pena de muerte disuasiva.
Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, febrero del 2008
lunes 26 de mayo de 2008
¿Mi corazón se ha dormido?
¿Mi corazón se ha dormido?
Colmenares de mis sueños,
¿ya no labráis? ¿Está seca
la noria del pensamiento,
los cangilones vacíos
girando, de sombra llenos?
No, mi corazón no duerme.
Está despierto, despierto.
ni duerme, ni sueña, mira,
los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha
a orillas del gran silencio.
Antonio Machado
jueves 8 de mayo de 2008
Carta de Fernando Savater
¿La única obligación que tenemos en esta vida? es ...no ser imbéciles
La palabra imbécil es mas sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín Baculus, que significa bastón: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad.
El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, si no del ánimo: Es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que se cree que no quiere nada, que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace esta dictado por la opinión mayoritaria de los que lo rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por que lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas termina haciendo siempre lo que no quiere, y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra mas entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, el plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todo estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de afuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que acaban mal no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo, eso solo suele pasar en las películas, si no que te aviso de que suelen fastidiarse a si mismos y nunca logran vivir la buena vida, esa que tanto nos apetece a ti y a mi. Y todavía siento más tener que informarte que síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día si y otro también, ojalá a ti te valla mejor en el intento...
Conclusión: Alerta!, en guardia!, la imbecilidad acecha y no perdona.
Fernando Savater
El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, si no del ánimo: Es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:
a) El que se cree que no quiere nada, que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace esta dictado por la opinión mayoritaria de los que lo rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por que lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas termina haciendo siempre lo que no quiere, y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra mas entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, el plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.
Todo estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de afuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que acaban mal no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo, eso solo suele pasar en las películas, si no que te aviso de que suelen fastidiarse a si mismos y nunca logran vivir la buena vida, esa que tanto nos apetece a ti y a mi. Y todavía siento más tener que informarte que síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día si y otro también, ojalá a ti te valla mejor en el intento...
Conclusión: Alerta!, en guardia!, la imbecilidad acecha y no perdona.
Fernando Savater
miércoles 30 de abril de 2008
Historias del señor Keuner
" El señor K. contemplaba un día una pintura que representaba ciertos objetos bastante caprichosamente.
-A algunos pintores -dijo- les ocurre lo mismo que a muchos filósofos cuando contemplan el mundo. Tanto se preocupan por la forma que se olvidan de la sustancia.
En cierta ocasión, un jardinero con el que trabajaba me dió una podadora con el encargo de que recortase un arbusto de laurel. El arbusto estaba plantado en un macetón y se empleaba en las fiestas como elemento decorativo. Había que darle forma esférica.
Comencé por podar las ramas más largas, mas por mucho que me esforzaba en darle la forma apetecida, no conseguía ni siquiera aproximarme. Una vez me excedía en los cortes por un lado; otra vez, por el lado opuesto. Cuando por fin obtuve una esfera, resultó demasiado pequeña. El jardinero me comentó decepcionado: "Muy bien, la esfera ya la veo, pero ¿dónde está el laurel?".
Bertolt Brecht
Historias del señor Keuner (fragmento)
-A algunos pintores -dijo- les ocurre lo mismo que a muchos filósofos cuando contemplan el mundo. Tanto se preocupan por la forma que se olvidan de la sustancia.
En cierta ocasión, un jardinero con el que trabajaba me dió una podadora con el encargo de que recortase un arbusto de laurel. El arbusto estaba plantado en un macetón y se empleaba en las fiestas como elemento decorativo. Había que darle forma esférica.
Comencé por podar las ramas más largas, mas por mucho que me esforzaba en darle la forma apetecida, no conseguía ni siquiera aproximarme. Una vez me excedía en los cortes por un lado; otra vez, por el lado opuesto. Cuando por fin obtuve una esfera, resultó demasiado pequeña. El jardinero me comentó decepcionado: "Muy bien, la esfera ya la veo, pero ¿dónde está el laurel?".
Bertolt Brecht
Historias del señor Keuner (fragmento)
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